EVANGELIO DEL DÍA LUNES 12 DE JUNIO DEL 2017

 

 

  Mateo 5, 1-12: “En aquel tiempo, Jesús, al ver toda aquella muchedumbre, subió al monte. Se sentó y sus discípulos se reunieron a su alrededor. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba diciendo: «Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de ustedes”.

 

  Reflexión: Por el Servicio de Animación Bíblica de la Diócesis de Ciudad Guayana. Responsable: Luis Perdomo.

 

Hoy la liturgia diaria nos invita a meditar el Evangelio según San Mateo, capítulo 5, versos del 1 al 12. En este texto del evangelista Mateo, nos presenta, en este primer “Discurso” a Jesús como el Maestro que da a Israel y a todos los hombres la nueva y definitiva Ley. No olvidemos que para la Biblia, la Ley no sólo son los mandamientos sino también las intervenciones y declaraciones de Dios que han hecho de Israel su propio pueblo, llamado a realizar una misión en el mundo. La ley había sido dada a los “hijos de Abrahán y de Israel”, a los que Moisés había sacado de Egipto. Muchos textos decían: “Feliz tú, Israel”, es decir, tienes mucha suerte de haber sido elegido, y es un gran privilegio para ti ser el pueblo de Dios entre todos los pueblos de la tierra; feliz tú, porque a ti te ha confiado Dios sus palabras (Deut 33,39; Sal 144,15; Ba 4,4).

Y he aquí que de entrada el Evangelio nos habla de otro pueblo de Dios. Ya no es el pueblo de las doce tribus con su tierra, su lengua, sus fronteras y sus ambiciones nacionales, sino que es el pueblo de aquellos que Dios buscará en medio de todas las naciones. ¿Y quiénes son esos elegidos que deben considerarse muy felices por tal llamado? Son los pobres, los que lloran, los que muchas veces se han visto tentados de maldecir de su suerte, de sus culpas y de sus propias contradicciones. Mateo nos presenta aquí ocho Bienaventuranzas, mientras que Lucas 6,20-26 no tiene más que tres (los pobres, los que tienen hambre, los que lloran). Pero eso no importa, pues, en realidad, no desarrollan más que un solo y mismo tema. La principal diferencia entre Mateo y Lucas radica en que sus Bienaventuranzas se dirigen a dos grupos distintos.

Mateo, por su parte, felicita a los que ya ingresaron a la Iglesia, esos son dignos de Dios que los llamó. A los que sufren, son llamados felices no porque sufren, pues esa expresión sonaría mal, sino porque se les abre el Reino. No se trata de la recompensa que tendremos después de la muerte, «en el Cielo», sino del Reino de Dios que llega a nosotros en esta tierra con la proclamación de Jesús. Nuestro consuelo en la tierra consiste en saber y en ver que Dios nos ama y que se preocupa por nosotros y que a pesar de todo, cambia la situación de los oprimidos. También consiste en saber que, aun cuando parezca que no atiende a nuestras plegarias, nuestra cruz sin embargo tiene un sentido y un fin. Por último, consiste en saber que en la otra vida Dios nos dará más que todo lo que podemos esperar o merecer.

Jesús nos dice que ha empezado una nueva era: Dios está en medio de nosotros y su Reino está ya a disposición de aquellos que tienen puro el corazón, es decir, que han purificado sus deseos: esos verán a Dios. Pidámosle al Espíritu Santo encarecidamente que nos ayude a purificar nuestro corazón de todas nuestras iniquidades y pasar a ser un bienaventurado, disfrutando de las bendiciones de Dios aquí en la tierra y en la vida futura del cielo. Amen.


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