EVANGELIO DEL DÍA LUNES 19 DE NOVIEMBRE DEL 2018

 

   Lucas 18, 35-43: “En aquel tiempo, cuando Jesús, se acercaba a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué era aquello, y le dieron la noticia: ¡Es Jesús, el nazareno, que pasa por aquí! Entonces empezó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante le levantaron la voz para que se callara, pero él gritaba con más fuerza: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!» Jesús se detuvo y ordenó que se lo trajeran, y cuando tuvo al ciego cerca, le preguntó: « ¿Qué quieres que haga por ti?» Le respondió: «Señor, haz que vea.» Jesús le dijo: «Recobra la vista, tu fe te ha salvado.» Al instante el ciego pudo ver. El hombre seguía a Jesús, glorificando a Dios, y toda la gente que lo presenció también bendecía a Dios”.

  Reflexión: Por el Servicio de Animación Bíblica de la Diócesis de Ciudad Guayana. Responsable: Luis Perdomo.

La Iglesia universal celebra hoy la fiesta en honor a nuestra querida Madre María, bajo la advocación a la Divina Providencia, Patrona de Puerto Rico, esta es una advocación mariana de la Iglesia católica que se originó en Italia en el siglo XIII.   Y al ser nombrado obispo de Puerto Rico el catalán Gil Esteve y Tomás, trajo consigo a Puerto Rico esta devoción que conociera en sus años de seminarista.

El Papa Pablo VI declaró a Nuestra Señora de la Divina Providencia, como patrona principal de la isla de Puerto Rico mediante un decreto firmado el 19 de noviembre de 1969. En ese documento se decretó también que la solemnidad de la Virgen debía trasladarse del dos de enero, aniversario de su llegada a la isla, al 19 de noviembre, día en que fue descubierta la isla de Borinquen. Se quiso unir así los dos grandes afectos de los puertorriqueños; el amor por su preciosa isla y el amor por la Madre de Dios.

Por su parte la liturgia diaria nos invita a meditar el Evangelio de Jesucristo según San Lucas capítulo 18, verso 35 al 43. Donde se relata el encuentro con JESÚS de un ciego sentado al borde del camino hacia Jericó, que tiene dificultad para acercarse al Maestro, por su ceguera y por el tumulto de la gente, que no solo es un obstáculo físico sino que también le ordenan que se calle ante sus gritos insistente.

Pero el necesitado, chilla más fuerte, apelando “al Hijo de David”, un título mesiánico, que le da confianza. JESÚS se detiene, le llama y le pregunta: ¿Qué quieres? El diálogo es chispeante, el ciego quiere ver y el Maestro accede enseguida diciendo: ¡Recobra tu vista, tú fe te ha salvado! Al pobre ciego, se le concede más de lo que está solicitando, y todo el cuadro parece transformarse: el antiguo invidente en un seguidor de JESÚS.

Poniéndose de relieve que la vista recobrada le permita al ciego ponerse en el camino y descubrir por sus propios medio quién es verdaderamente JESÚS. Y el tumulto de la gente pasa a ser Pueblo de Dios, a quien bendicen con mucho entusiasmo, es como si la ceguera hubiera desaparecido de todos.

En nuestros tiempos asistimos a una situación de mucha confusión y desesperanza, donde la fe es trastocada por ilusionista, y estafadores que engañan fácilmente a un pueblo que quiere soluciones inmediatista, que no requieran mucho esfuerzo, ni físico, ni intelectual. Por eso los gritos y llantos de los enfermos y hambrientos que claman por medicina y comida, son acallados por pequeñas turbas que amparados por las migajas de poder, pasan como ciegos que solo ven el espejismo de promesas que nunca se hacen realidad.

También hay que destacar que en nuestro tiempo, hay muchas personas que buscan a JESÚS, porque lo ven como una fuente de milagro inmediatista, e incluso de poder o de medio para mejorar su situación económica, política o social. Otros lo siguen por esnobismos o por los títulos que exaltan su figura, pero pocos convencidos que es el camino para encontrar la verdadera felicidad que está en la de ser útil para los otros y ganarse así la vida eterna.

De allí que el texto leído nos confronta grandemente y nos invita a pedirle a JESÚS, que nos abra los ojos, para que seamos nosotros mismos quienes lo descubramos en el rostro de todos aquellos que diariamente luchan por la justicia y por cambiar la desigualdad existente en nuestra sociedad,  de tal manera que podamos ponernos en camino y alabar a Dios, tal como lo hizo el ciego de Jericó, hace dos mil años.

Señor JESÚS, haz que nuestros ojos, adormilados y enceguecidos por tanta injusticia y por tanta indiferencia, puedan percibir Tú Presencia en el medio ambiente que nos rodea y en el encuentro con nuestros semejantes, para alabar Tú bondad y aclamar Tú Gloria. Amen.

 


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