EVANGELIO DEL DÍA MIERCOLES 14 DE NOVIEMBRE DEL 2018

             

       Lucas 17,11-19: “En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó por los confines entre Samaría y Galilea, y al entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos. Se detuvieron a cierta distancia y gritaban: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros.» Jesús les dijo: «Vayan y preséntense a los sacerdotes.» Mientras iban quedaron sanos. Uno de ellos, al verse sano, volvió de inmediato alabando a Dios en alta voz, y se echó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole las gracias. Era un samaritano. Jesús entonces preguntó: «¿No han sido sanados los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Así que ninguno volvió a glorificar a Dios fuera de este extranjero?» Y Jesús le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»

Reflexión: Por el Servicio de Animación Bíblica de la Diócesis de Ciudad Guayana. Responsable: Luis Perdomo.

  La Iglesia Universal celebra hoy, la fiesta entre otros santos en honor a la Beata María Luisa Merkert, nació en Nysa, alta Silesia, Polonia, antigua diócesis de Breslau, el 21 de septiembre de 1817. Estimada por su pueblo que cariñosamente y en gesto de gratitud la reconocía como «la samaritana de Silesia» por su forma de ejercitar la caridad con los pobres.

Cofundadora junto a su hermana Matilde de la Congregación de religiosas de Santa Isabel; dedicó su vida a los pobres y enfermos. Murió el 14 de noviembre de 1872.  Dejaba fundadas 90 casas. Es considerada como la más egregia figura de Silesia del siglo XIX. Fue beatificada por Benedicto XVI el 30 de septiembre de 2007.

Y la liturgia de hoy nos presenta al Evangelio de JESUCRISTO, según San Lucas capítulo 17, versos del 11 al 19, en el que se relata la parábola de los diez leprosos, que fueron sanados, pero a uno sólo se le dijo: Tu fe te ha salvado. Porque solamente éste fue capaz de dar una respuesta que saliera realmente del corazón. Mientras los otros se preocupaban por cumplir los trámites legales, él no pensó más que en dar gracias a Dios, ahí mismo donde la gracia de Dios lo había encontrado. Y es  ésta  la fe que lo salva y lo transforma.

Recordemos que la sanación y la salvación son presentados frecuentemente en el Evangelio, como sinónimas, o incluso como la misma realidad.  Y quizás esa narrativa se hace para de alguna manera contrarrestar los prejuicios existentes en las sociedades antiguas, frente a los enfermos, minusválidos y menesterosos, ya que tanto los judíos, como los griegos tenían una gran devoción por la salud y la belleza, y el poseerlas era sinónimo de bienestar y el bienestar a su vez era sinónimo de salvación o de ser favorecido por Dios.

Sin embargo JESÚS, como siempre rompe con estos prejuicios y hace un gesto sublime al encontrarse con este grupo de leprosos, que por su enfermedad y fealdad eran mortalmente despreciados. Es tan evidente el rechazo de estos enfermos, que los propios discípulos de JESÚS, están ausentes de la escena. Por eso es que la sanación que JESÚS hace sobre este grupo de enfermos, les restaura la salud, pero según la Ley,  es el Templo quien tiene que certificar su sanación por medio de una ofrenda.

El samaritano tratado como extranjero por sus propios compañeros de infortunio es el único que regresa porque se siente en deuda con JESÚS, y no con el Templo que nunca lo ha reconocido como persona o como hijo de Dios. Con esta acción no solo reconoce que ha sido sanado su cuerpo, sino que ha restaurado su espíritu, es decir, ha entrado en el nuevo orden de relación con Dios, que es su propia salvación.

El texto meditado nos invita al agradecimiento con Dios, por tantos dones recibidos, y nos genera confianza y esperanza, ya que a pesar de las exclusiones que se viven en nuestra sociedad, JESÚS viene al encuentro de nosotros para que nos juntemos y aprendamos que a pesar de que no somos indispensables, si somos necesarios para transformar la maldad, la indiferencia y el egoísmo, en puntos de encuentros donde todos nos estimemos y respetemos como iguales.

Señor JESÚS, Tú misericordia nos alcanza a todos y de ella nos brota la vida. Concédenos recibirla con ánimo agradecido, de modo que rehaga desde lo más profundo todo nuestro ser. Amen.


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